¿Por qué el cuerpo no se digiere a sí mismo?

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Aunque lo parezca, no es una cuestión menor: si las proteínas de los alimentos son químicamente idénticas a las del cuerpo, ¿cómo se distinguen unas de otras? ¿por qué no nos consumimos a nosotros mismos?
Existen dos mecanismos básicos para evitarlo:

1) Por segregación de enzimas no activadas (zimógenos). Como ejemplo, el páncreas segrega una enzima, la quimotripsina, que se encarga de “trocear” las proteínas de los alimentos para que puedan ser absorbidas en el intestino.

Pero esta proteína podría destruir también las proteínas del mismo páncreas, ¡lo que no sería nada bueno! La ingeniosa solución que la evolución encontró es la siguiente: en lugar de generar quimotripsina, el páncreas realmente genera una versión ligeramente modificada de esta proteína (quimotripsinógeno, llamado un “precursor” de la enzima), modificada de forma que sea inerte: no es capaz de “romper” las proteínas. Una vez se transporta al estómago y llega al intestino, es allí atacada por otra enzima, la tripsina, que la modifica de forma que ya sí puede atacar las proteínas de los alimentos.

2) Protección por barrera física. Ya en el intestino las enzimas están todas activadas, así que existe otra barrera, esta de tipo físico: una capa de mucus que recubre la cara interna (epitelio) de todo el intestino frente a las enzimas del mismo cuerpo. Este mucus está formado en un 90% por agua, siendo el resto complejas cadenas de carbohidratos resistentes al ataque de las enzimas digestivas.

Estas dos barreras, una química y otra física, son la respuesta a la pregunta que encabeza este post.

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